40 años sin Ramón Menéndez Pidal

Tal día como hoy, pero hace cuarenta años, murió en Madrid Ramón Menéndez Pidal, uno de los mejores filólogos de España. Casi un siglo antes, había nacido en la plaza coruñesa de Santa María.

Apenas un par de placas por encima de las cabezas de los paseantes y el nombre de un instituto recuerdan en A Coruña que sus calles y sus piedras fueron las primeras que vio uno de los mejores filólogos de la historia de España; apenas una calle y un nombramiento olvidado en un cajón reivindican la figura del estudioso de la lengua Ramón Menéndez Pidal.
Vivió casi cien años, casi un siglo dedicado al lenguaje y a la historia, a la vida de un país que evoluciona su manera de hablar, sin darse cuenta, sin saber que, con cada palabra, da un paso más hacia la meta indefinida de la historia.
Nació en la Ciudad Vieja, en el antiguo número 18 de la calle Santa María, un 13 de marzo de 1869. Como un designio del destino, el día 18 del mismo mes; Ramón Francisco Antonio Leandro Menéndez Pidal es bautizado en la Colegiata de Santa María del Campo, no hay nada que lo acredite en la iglesia, ni una placa en la calle, ni el boca a boca de los vecinos, pero lo cuentan los libros de historia y lo recordaba el filólogo cuando hablaba de su infancia coruñesa, una vida que duró apenas un año huérfano de treinta días.

"Los once meses que viví en A Coruña fueron los primeros de mi existencia, pero tengo recuerdos abundantísimos", aseguraba un ya mayor Pidal.
Y tan sólo once meses porque su padre, Juan Menéndez Fernández, se negó a jurar la Constitución de 1869, porque no estaba de acuerdo con la libertad de cultura que establecía el documento.
Con esta negativa, el padre del historiador renunció a su profesión de magistrado de la Audiencia coruñesa, un cargo que ostentaba en la ciudad desde 1861. Con su negativa en la maleta y recuerdos de A Coruña, la familia Menéndez Pidal se volvió a Asturias, a la tierra de los que la habían forjado. Y el aprendiz de filólogo, con las pocas palabras que se conocen cuando sólo se tienen once meses, se instaló en Oviedo y pasó los veranos en el pueblo de Pajares.

"Galicia es mi tierra natal; no es la tierra de mis padres, pero es la tierra donde mis padres asturianos pasaron días muy felices de juventud truncados por graves sucesos en España que pusieron a prueba el espíritu de sacrificio de mi padre, en aras de sus ideas político-religiosas", relataba Pidal de la tierra que le vio nacer y que dejó antes de aprender a caminar.
Dice la leyenda que rodea al hombre que dedicó 37 años de su larga vida al estudio minucioso de la historia de España, que decidió dedicarse a indagar sobre el pasado cuando vio las piedras de la colegiata, quizá el recuerdo de la construcción le arengase a intentar entender qué había pasado antes de su existencia, en las calles que le vieron dar sus primeros gritos.
Y ahora, cuando se cumplen 139 años de su nacimiento y cuatro décadas de su muerte, en la ciudad de la Torre de Hércules, sólo le recuerdan una calle, una casa que ya no está y un instituto. Él, sin embargo, se acordaba también de los que le habían, aunque fugazmente, visto crecer. "Mi madrina, Antonia Bermúdez Valledor, era una señora de A Coruña con la que hemos tenido siempre muy buenas relaciones", aseguraba Pidal.

De su vida fuera de la ciudad se conoce ya casi todo, que en Oviedo estudió el Bachillerato y que, al instaurarse la Restauración, su padre volvió a la carrera judicial, volvió a ejercer como magistrado y, de la capital asturiana, los Menéndez Pidal -de los cuales, Ramón era el sexto hijo vivo- recorrieron las ciudades de Sevilla, Valladolid, Albacete y Burgos, donde fallece el magistrado, a mediados de 1880. La familia regresa entonces al punto de partida: a Oviedo. Y es allí donde comienzan los estudios de Menéndez Pidal y donde, al finalizar, conoce a Marcelino Menéndez Pelayo, su mentor.
A partir de este encuentro y de la vida en Madrid, Pidal se adentra en la investigación, empieza a ganar premios, algunos dotados con 2.500 pesetas, y conoce también a la que sería su mujer, la madrileña de familia vasca María Goyri.

Su ascenso en el mundo de las letras es progresivo, tanto que, en varias ocasiones su nombre se barajó con el de unos pocos afortunados para el premio Nobel.
Un galardón que, a pesar de su trabajo y de su vida dedicada a la investigación, se le resistió a costa de sus infinitos intentos de conseguirlo. "¿Qué dice sobre el Nobel?", le preguntaron una vez, a un ya mayor Menéndez Pidal, que sólo pudo responder: "Que se vive extraordinariamente sin él".

Con sus investigaciones, con sus estudios y sus publicaciones -Manual elemental de Gramática histórica; Cantar del Mío Cid, Los orígenes del español...- y sus éxitos [en 1925 es nombrado presidente de la Real Academia Española], el país se iba haciendo mayor, y llegó la República, un cambio del que Pidal se mostró no sólo partidario, sino con el que también consiguió emocionarse.

"No resisto a la tentación de ver izada en Correos la bandera republicana, que nos anuncia el fin de este régimen de violencia. Paso por la Cibeles y la bandera ondea tranquila. ¡Qué orden en la turba alborozada!", escribió en su dietario Pidal que, con su trabajo al margen de la literatura, fue uno de los responsables de que a día de hoy exista la Universidad de Santander.

Y la Guerra Civil le sorprendió en Madrid porque escapó junto a su mujer, su hijo Gonzalo y la novia de éste hacia Burdeos; después se trasladaron a Cuba y, antes de que acabase la guerra, vuelven a España, se vuelven a ir hacia Estados Unidos y, un salvoconducto recibido en 1939, le permite volver a su país, a su Madrid, donde encuentra su casa en perfecto estado y una orden de búsqueda y captura dictada contra él, "debido a su conducta político social y su aportación a la causa roja"; una orden que no quedó en nada más que un susto de tantos que sufrió un hombre que, por cuatro meses, no alcanzó el centenario con vida.
Sólo en los años cuarenta volvió Menéndez Pidal a A Coruña, a las piedras que le habían visto nacer, para ofrecer una conferencia en el teatro Rosalía de Castro, sobre Emilia Pardo Bazán. Cuentan los que estuvieron allí, que su charla fue aplaudida como niguna otra y que el público se puso en pie para agradecerle que hubiese dedicado su vida a lo que muchos otros habían ignorado. En un cajón se quedó, hasta después de su muerte, la Medalla de Oro de la Ciudad coruñesa, a pesar de que había habido intentos de otorgársela en vida.

Las estrellas del cine Charlton Heston y Sofía Loren ocuparon también gran parte de su tiempo y es que Pidal fue el asesor histórico de la película que ambos protagonizaron y que rodaron en España, El Cid.
Su actitud contestataria y sus ganas de habitar un mundo diferente le llevaron a firmar, seis años antes de morir, un documento en favor de las huelgas de Asturias y en contra del estado de excepción que sufría el País Vasco.

Cuando murió, tal día como hoy, pero hace cuarenta años, los periódicos acusaban a Nixon de tener problemas mentales; Miss España volvía a casa del certamen de Miss Universo tras haberse negado a participar por unas malas declaraciones de Miss Gibraltar y, como hace seis años, restos de fuel llegaban a las costas de Finisterre, esta vez, del barco Spyros.

Fuente: La Opinión


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